La pelota de cemento

El trato se cerró en 30 mil dólares. La Unión Soviética, que venía de empatar 1 a 1 con la Argentina, ahora marchaba hacia Olavarría para enfrentar al modesto –aunque deslumbrante- Loma Negra.

La recaudación del partido fue solo de 12 mil, pero el negocio, pese a todo, era perfecto. Amalita Lacroze, que desde el fallecimiento de su marido, Alfredo Fortabat, se había hecho cargo del imperio cementero, era la mano que permitía la operación.

Era 17 de abril de 1982. Los soviéticos llegaban con un invicto de tres años. Amalita escuchó a la banda del regimiento local junto con el coronel Luis Prémoli. En las tribunas las banderas y los cánticos nacionalistas acompañaban al clima de época: era plena euforia malvinense. Loma Negra ganó 1 a 0.

El Club Social y Deportivo Loma Negra hacía dos años que era “nombre público”. “El equipo de Amalita” había recibido el espaldarazo de todos los sectores afines a la dictadura militar: el dinero del empresariado amigo y la propaganda de los medios adictos. Ahora, la situación era diferente al bravo momento cuando comenzó la experiencia: la guerra de Malvinas les había permitido a los militares generar un consenso social que los hacía soñar con prologar su usurpación del poder político.

Oportunismo corporativo, Amalita, que apoyó la guerra tanto como respaldó el accionar de la Junta Militar durante todo su gobierno, interpretó el momento y generó el espectáculo con una funcionalidad de especialista: nunca mejor que entonces que avivar los sentimientos nacionales y capitalizar, a través del fútbol, la expectativa social generada con el repentino fervor patriótico. Loma Negra, con su espectáculo de masas, le devolvía a los militares parte de los favores que éstos, con sus políticas económicas, le habían otorgado.  

El enorme desarrollo de la empresa fundada en las cercanías de Olavarría en 1928 impulsó el desarrollo urbano. Junto con la empresa, las ciudades crecían. Para 1980, Loma Negra era un verdadero imperio: gracias a su buena relación con la dictadura militar, la empresa había escalado varias posiciones y se consolidaba como monopolio como proveedor en obra pública. La sangre de los militantes y obreros torturados y asesinados fue el combustible para el aumento de las riquezas. El silencio y la complicidad de Amalita fue el mejor contrato firmado.

Con la dictadura tambaleante, la necesidad de una mayor inserción social de la empresa se hizo evidente. Pionera en la inversión privada, Amalita vio en el Club Social y Deportivo Loma Negra, la oportunidad para generar un espacio de exposición social y, al mismo tiempo, una magnífica forma de enjuagar lo dineros en esa enorme lavadora llamada fútbol. Desde el 10 de enero de 1976, María Amalia Sara Lacroze Reyes Oribe de Fortabat Pourtale era oficialmente la mujer más rica de la Argentina: mal no vendría hacer circular ese dinero y mostrarse en alguna otra “función social” que no sea la complicidad con una dictadura asesina.

Los medios gráficos, amigos de los amigos, comenzaron a incentivar la experiencia del Loma Negra. Junto con los titulares en los diarios llegaron prestigiosos futbolistas a reforzar las filas del equipo. De esa forma, el C.S y D Loma Negra avanzó de categorías hasta llegar al torneo Nacional, en donde alcanzó a enfrentarse, entre otros, a River Plate.

La euforia duró lo que el interés del negocio. Pronto ya no fue más redituable generar un espacio para que “los empleados de la empresa cementera practicaran un deporte en grupo y se divirtieran en los tiempos libres”. Es conocido: el divertimento de los empleados es útil siempre y cuando permita descargar tensiones y luego sean más productivos. Pero el entretenimiento ya no fue redituable, y la inyección de dinero disminuyó. El C.S y D Loma Negra retornó a su lugar histórico en las ligas amateurs de la provincia de Buenos Aires.

Amalita continuó haciendo sus negocios y expresando toda su retrógrada y reaccionaria idiosincrasia cada vez que tuvo oportunidad. Beneficiada por todas y cada una de las políticas que desguazaron al Estado argentino, se enriqueció y vivió su vida de impúdica ostentación mientras la pobreza arrasaba. Actuó como aristócrata y fue felicitada y estimulada por los medios afines. Hasta la semana pasada, cuando murió. La fortuna dejada ronda los 902 millones de dólares. Símbolo de una clase, deja, además, un enorme patrimonio que incluye múltiples propiedades y una galería de arte. Pero también deja impunidad: hace menos de 10 días empezó el juicio oral por el secuestro y asesinato de Carlos Alerto Moreno, el 29 de abril de 1977: era el abogado que representaba a los trabajadores de Loma Negro. Curiosamente, en aquella época investigaba una enfermedad pulmonar que contraían los obreros. Con su desaparición, triunfó el silencio. Con la muerte en libertad de Amalita, triunfó la injusticia.

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