El fútbol en la pantalla

¿Puede uno –a esta altura- confiar en lo que ve en la TV? ¿Cuál es el grado de verdad que exhiben las imágenes televisivas? ¿Por qué catzo las audiencias se mantienen –y se incrementan- si cada vez son más aquellos detractores de la pantalla? Esa curiosa paradoja siempre me despertó cierta intranquilidad: a cada segundo, en cada lugar, encontramos a alguien que se jacta de comprender que lo que muestra la TV es una gran manipulación de los hechos. A 60 años de la primera transmisión de un partido de fútbol en la Argentina, los seguidos –dependientes- del fútbol por TV cada vez engrosan más sus filas.

Pero bien, ¿Cómo es posible manipular un juego que es jugado por personas en el mismo momento en que se transmite? ¿Acaso alguien vio, alguna vez, los piolines que sostienen a las marionetas que deambulan por la cancha? Es verosímil y bonita esta idea defensora de las independencias lúdicas del fútbol, pero peca de gran ingenuidad: no es el juego, como hecho en sí, el que es manipulado directamente; el control y la homogeneización le llega a través de la propia lógica que subyace al juego: el fútbol está generado para generar ganancias económicas y, para eso, es necesario configurar un criterio sobre cómo entenderlo y cómo afrontarlo. Es decir: todos juegan a lo mismo, dentro de la misma lógica.

De todos modos, uno puede entender que los futbolistas son capaces de decidir realizar una u otra acción con cierta libertad –siempre y cuando entre dentro de los límites del reglamento, o que los jueces no lo adviertan-. Pero, entendámoslo, esos futbolistas no son entes extrapolados desde algún recóndito y aislado lugar para la exclusiva función de jugar al fútbol. Los futbolistas viven inmersos en esa lógica mercantil, son parte de esa industria del espectáculo. En ese sentido, su existencia como pieza del complejo mecanismo se vuelve indispensable y, al mismo tiempo, ellos mismos solo existen gracias a que pertenecen a dicho mecanismo.

Solo tenemos el consuelo de las excepciones: aquellos hombres que todavía son capaces de cobrar cierta independencia o, por lo menos, forzar las normas de funcionamiento a tal punto de crear algo nuevo, diferente, basado en otros valores. Pero eso solo talento individual –ocasionalmente aprovechado por hombres que, desde puestos de dirección, procuran romper esa lógica forzándola al máximo-.

Porque la racionalidad que hace funcionar al fútbol está circunscripta a los objetivos mercantiles –instrumentales-. El fútbol, como juego, ya no existe: solo subsiste en las maniobras que determinados jugadores llevan a cabo. Lo demás, es simplemente la transformación en mercancía.

La TV ha tenido un rol destacado en ese proceso: es, actualmente, la piedra basal de la industria futbolística. Sin la TV prácticamente no hay negocio. Es a través de las pantallas que las marcas publicitan, que los jugadores se lucen, que los periodistas comentan, que las mujeres se enloquecen, que los espectadores consumen.

No se trata solo de una postura ante el fútbol, sino de la configuración misma del deporte: el fútbol existe gracias a ese funcionamiento: necesita de la venta de camiseta, de las promociones, de los patrocinios, de las ventas millonarias, de los programas de propaganda, del espectáculo pseudoperiodístico, etc.

¿Hay algún culpable de esto? ¿Son los futbolistas responsables de no ver fútbol, de no entender el juego, de no disfrutar de la belleza, de que les importe poco y nada saberlo? No, está inscrito en la propia lógica del sistema: es una consecuencia lógica y, como tal, inevitable.

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