Fútbol y acción social -parte III-

Solo con organización se vence al tiempo y se doblegan las fuerzas más poderosas. De esa manera se logra perfilas las fuerzas individuales hacia un objetivo único, que es el objetivo del equipo como conjunto. Cuando un actor social, por más que realice una acción descollante y logre beneficios inmediatos, si no encuadra su actuación dentro de un esquema estratégico colectivo, pierde eficiencia común y hasta puede ser retardatario de los fines del grupo al que pertenece. Un equipo que conglobe todo su juego en una figura individual, no es un equipo. El juego que se centraliza en un hombre, es la antítesis misma de la esencia de cualquier juego colectivo.

De la misma forma, una acción que se fije en una única figura –o algunos ilustres adelantados- no es realmente una acción social de masas y, por lo tanto, los resultados no son para nada sostenibles en el tiempo. A menos que esa figura individual sea la representación directa y elegida de las masas y funcione como principio agregador, el movimiento es ligero y sumamente flexible. Inútil, en fin. Es imposible concretar las reivindicaciones de las masas desde la acción selecta de un grupo privilegiado. Es imposible, siguiendo la misma lógica, un funcionamiento aprobatorio si no es todo el equipo el que entra en acción y se circunscribe todo a las ocurrencias personales de un solo actor. Esos son los aspectos que mayormente se pierden de vista en el excesivo practicismo que fomentan algunas organizaciones sociales y agrupaciones militantes. La misma lógica manda para analizar las acciones vanguardistas, que se asemejan a los arrebatos de habilidad de algún o algunos jugadores que remontan la cancha avanzando eludiendo rivales y arrimándose al arco rival, pero dejando absolutamente desacomodado a la totalidad del equipo, además de saltearse escalones e inutilizando a sus compañeros.

En busca del poder, lo ceden gratuitamente. Si la pelota se pierde, el equipo es completamente vulnerable. Si se consigue la conquista, asimismo se incurre en el error de achatar la función de sus compañeros y obligarlos a un papel de exclusiva observación o respaldo sumiso del despliegue unívoco. El adelantamiento de los tiempos y la exagerada premura por actuar puede inducir a esos errores, llegar al extremo del individualismo soberbio procurando realizar en singular lo que debe ser necesariamente una tarea colectiva.

En caso contrario, el precepto supremo del juego se ve burlado y deja de ser un juego grupal, en donde todos juegan, para transformarse en un efectivismo puro, una búsqueda de prestigios individuales y un desplazamiento de las masas. Es más una expresión cabal de insolidaridad que una manifestación de voluntad de realización. Son las masas quienes deben lograr los objetivos y no un grupo de abanderados pavoneándose del saber y las cualidades de las que  las muchedumbres carecen. El trenzado paciente e inteligente de esa jugada es fundamental para la optimización del resultado. Sin embargo, los imponderables propios del desarrollo del juego, muy visibles en la acción social, no olvidan que imprevistamente puedan abrirse puertas y renovar posibilidades sin que las masas las hayan forzado directa y conscientemente. Un rebote, un mal pase del rival, una distracción que deje un espacio vacío, un adormecimiento que retarde la reacción y deje el campo libre para avanzar, son distintas formas que pueden suceder y abrir una nueva chance, siempre y cuando se esté dotado de la ubicación apropiada y la concentración atenta al dedillo de la jugada. Y para que eso ocurra pulcramente, es requisito indispensable saber qué hacer, tener una idea de cómo comportarse dentro del terreno de juego y no simplemente andar deambulando de acá para allá sabiendo nada más por dónde moverse y quién es el rival.

De ahí se destaca la necesidad de medir las fuerzas del rival y desde esa interpretación dibujar el plan de juego. El fútbol, como las relaciones sociales, es un encuentro de fuerzas  y la superioridad la obtiene el que más inteligentemente hace uso de ella. Cuando la fuerza no se expresa como fuerza pura sino que adquiere ribetes de mayor sutileza, como en la política, la sagacidad en los movimientos y la correcta lectura de la realidad para la suficiente comprensión del quehacer, son atributos no solo importantes sino que imprescindibles para lograr la hegemonía. No entenderlo, es regalar el resultado y quedarse no más que con la confianza en la impronta momentánea e inestable de las diferentes individualidades. O pasársela agitando las telas de la verdad revelada, gritándole al vacío y actuando de acuerdo a arrebatos de resentimiento y furia. Es jugar a otro juego.

Comentarios están cerrados.